Ser consecuentes para cambiar el mundo

Según diversos estudios, el islam se está expandiendo con notable rapidez en el mundo, y también en América Latina. Cada vez más jóvenes deciden abrazar esta religión radical, a menudo sin un conocimiento profundo de sus enseñanzas ni de sus implicaciones. Me pregunto ¿Por qué?

Que se sepa, los musulmanes no recurren a estrategias mediáticas espectaculares para atraer seguidores jóvenes. No intentan seducirlos con canciones, conciertos y ritmos modernos. Tampoco modifican sus prácticas, reglas estrictas, tradiciones, rituales ni sus expresiones machistas sólo para caerles bien a los demás.

Hasta donde sabemos, los musulmanes no recurren a estrategias mediáticas espectaculares para atraer seguidores. No intentan seducir con conciertos, ritmos modernos ni discursos adaptados al gusto de la audiencia. Tampoco modifican sus prácticas, reglas o tradiciones con el fin de ser más “aceptables” ante los ojos del mundo. Por el contrario, lo que predican lo viven y lo hacen con una convicción que, para muchos, raya en lo radical, les guste o les disguste a los no creyentes.

En el Islam no hay decisiones o demandas que provengan de una discusión democrática ni de debates abiertos, es la práctica del Corán tal y como está escrito, y punto.

Quizá ese sea el secreto: no la perfección de su doctrina, sino el compromiso de sus fieles y que son consecuentes con sus convicciones, aun si estuvieran errados. Ellos lo creen y lo viven sin vacilación, incluso están dispuestos a sacrificar sus propias vidas por defender lo que consideran verdadero. Esa forma de vida al parecer resulta profundamente atractiva para jóvenes y adultos sin importar en qué lugar del mundo se encuentren.

Los primeros cristianos también eran así de consecuentes. Su fidelidad a Cristo era tan evidente que la cantidad de sus seguidores crecía de una manera que su influencia llegó a amenazar incluso a los poderes de su tiempo. ¿En qué parte del camino se perdió todo eso? ¿En qué momento el seguir a Jesús dejó de ser una entrega total para convertirse en una identidad cultural, cómoda y, a veces, vacía? ¿Será posible recuperarlo a tiempo?

Quizá ya no haya vuelta atrás para el “cristianismo” entendido como institución global. Pero aún la hay para los cristianos individuales: aquellos que hoy deciden permanecer fieles a Jesús, a sus enseñanzas y a su misión, a pesar de la persecución. Ellos -quizá en silencio, pero con firmeza- todavía siguen siendo una influencia potente para quienes han perdido la esperanza.

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