El perdón, un arma que nos hace libres

Perdonar cuando no se siente… ni se quiere, humanamente hablando, suena a una falacia. Casi una contradicción.

Pero ¿Quién dijo que perdonar es una iniciativa humana? Recuerda que Dios nos perdonó cuando ni siquiera lo merecíamos. Y sabemos -por experiencia- qué bien se siente ser perdonado ¿Verdad?

Cuando perdonamos a otros, estamos desplegando una poderosa arma divina. Una que rompe las cadenas del rencor, del odio y de la amargura -esas fuerzas silenciosas que, con el tiempo, carcomen el alma y nos arrastran hacia un abismo de intenso dolor.

La Biblia nos invita a perdonar porque, al hacerlo, nos volvemos más semejantes a Cristo. No por obligación, sino por gracia. Por ser liberados.

Entonces, me pregunto:
¿A quién aún no he perdonado?
¿A quién no he pedido perdón?

Me conviene hacerlo pronto.

«Sean tolerantes los unos con los otros, y si alguien tiene alguna queja contra otro, perdónense, así como el Señor los ha perdonado a ustedes» (Colosenses 3:13 – TLA).

Perdonar es elegir que el pasado no encadenará nuestro presente. Y en esa elección, encontramos libertad.

 

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