Luces brillantes surcan el cielo oscuro: ráfagas centelleantes que ascienden fugaces hacia lo alto y, al alcanzar cierta altura, estallan con un estruendo resonante, desplegando estelas de colores que por unos instantes iluminan las ciudades. En las calles, algarabía, aplausos y gritos emocionados se entrelazan entre cientos, miles de espectadores que, con la mirada alzada, celebran el Año Nuevo con fuegos artificiales.
Abundante comida, ríos de bebida, abrazos efusivos, promesas sinceras y propósitos bien intencionados se repiten una vez más entre las personas, las familias y las comunidades. Escenas, que parecen sacadas de un «deja vu», que vuelven a proyectarse cada inicio de año en todos los barrios, pueblos y ciudades del mundo.
Más tarde, cuando los últimos petardos se apagan, se silencia la última nota musical, las gargantas eufóricas agotadas de tanto entusiasmo enmudecen y el sueño exige el descanso. Uno a uno, los celebrantes regresan a sus refugios particulares, a sus casas, a sus mundos íntimos, dejando tras de sí espacios públicos que horas antes compartieron incluso con desconocidos. Nadie mira hacia atrás. Nadie recoge los “recuerdos” que ahora quedan abandonados por el suelo.
Toneladas de basura: botellas vacías, envases de cartón, bolsas arrugadas, trozos de papel en mil formas distintas, sobras de comida y aun restos orgánicos… todo eso queda como saldo de la fiesta y será parte de los desechos con los que ahora deben lidiar los trabajadores municipales durante el resto del día. Su labor será imprescindible, para volver a la normalidad un espacio público que debe mostrarse «decente».
¿Qué fue de los buenos propósitos pronunciados hace pocas horas? ¿De esos votos de ser “mejores personas”? Porque, si juzgamos por el suelo salpicado de inmundicia, el nuevo año no ha tenido precisamente un comienzo ejemplar. O ¿Será que eso de «buena persona» sólo se aplica a situaciones convenientes? Personalmente, entiendo que una buena persona es también un buen ciudadano, el vecino atento, el trabajador honrado, el padre presente, el hermano leal, el hijo que cuida… O ¿no se trata de eso?
Un propósito, para ser tal, comienza con una acción que lo respalda. De lo contrario, no es más que un buen deseo. es como quien dice muy seguro: «Comenzaré una dieta…» hasta que alguien le ofrece una irresistible hamburguesa, y cediendo a la tentación completa su frase «…desde mañana». Un mañana que, muchas veces, nunca llega.
Tener buenos propósitos es muy necesario, pero más necesario aún es la voluntad para ponerlos en práctica ahora. Eso implica un cambio -no sólo de hábitos, sino de mente y de corazón. Y por “corazón”, entiéndase no el órgano que late, sino ese centro íntimo desde donde se elige, se ama, se decide.
Y aquí radica el dilema: Cambiar el corazón es, para nosotros, humanos, una tarea difícil y hasta imposible. Por ello, el mismo Creador se ofreció a remediar radicalmente esta situación cuando dijo:
«…pondré en ustedes un corazón nuevo. Quitaré de ustedes ese corazón duro como la piedra y les pondré un corazón dócil», (Ezequiel 36:26).
No sé si haya una oferta tan extraordinaria como ésta, pero mientras esté vigente -y lo está- vale la pena atenderla y recibirla. Porque, al fin y al cabo, si no funciona, seguiremos como estamos. Pero si resulta… entonces los buenos propósitos de Año Nuevo dejarán de ser meros deseos y se convertirán en una bendecida realidad.